martes, 6 de diciembre de 2022

Y VERAN SEÑALES EN LOS CIELOS,MAS KO ES EL FIN...

“Y verán señales en los cielos, mas no será aún el fin…”

El anuncio del Maestro no fue un presagio de catástrofes, sino una advertencia amorosa acerca del agotamiento de un ciclo.
Un ciclo marcado por siglos de extravío, en los que las almas peregrinaron sin rumbo claro, confundidas respecto a sus objetivos esenciales y a la dirección de su propio destino.
Buscaban con ansias, pero sus búsquedas, la mayoría de las veces, fueron vacías e infructuosas.

La historia nos muestra cómo, una y otra vez, la luz fue reprimida por sistemas dogmáticos y autoritarios que, en nombre de lo sagrado, manipularon y deformaron la enseñanza. Se levantaron estructuras que enarbolaban la imagen del Maestro como emblema entre el Cielo y la Tierra, pero que en la práctica se hallaban distantes de la esencia viva de aquello que pretendían custodiar.

El resultado fue un prolongado desconcierto: almas adormecidas, atrapadas en una inercia evolutiva, incapaces de reconocerse a sí mismas como portadoras de la chispa divina. La Verdad aguardaba, amorosa y paciente, a ser comprendida e integrada; mientras tanto, la humanidad pagaba un precio incalculable: guerras, sometimientos, injusticias, divisiones y dolores sin nombre.

Sin embargo, hoy comienzan a encenderse otras señales. No son ya las que brillan en los cielos externos de nuestra amada Tierra, sino las que resplandecen en el cielo interior de cada alma, en la conciencia que despierta. Allí, silenciosa pero firme, surge la auténtica revelación: el hombre empieza a reconocerse como partícipe de un proceso cósmico mayor.

Cada día, como parte de un circuito virtuoso, la elevación de la conciencia colectiva se intensifica. Aunque fuerzas retrógradas e involutivas intenten entorpecer este oleaje de genuina Luz, el proceso es ya irreversible. Quienes transitamos el Sendero sabemos que nada ni nadie puede detener la apertura de este nuevo paradigma.

La inminencia de la nueva era es tan real y palpable como el aire que respiramos. A cada instante, miles de conciencias se suman a esta fusión con la visión renovada del Universo. Y esa, precisamente, es la gran señal: no un espectáculo exterior, sino la transformación interior del hombre.

Porque todo nuestro cielo, el verdadero, se abre en el espacio íntimo de la conciencia, allí donde lo eterno se reconoce en nosotros mismos.

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