viernes, 28 de febrero de 2025

UNA HISTORIA QUE NO ACABA NUNCA






LA HISTORIA QUE NUNCA ACABA

Resulta profundamente revelador advertir cómo, a través de la confusión y el desorden, ciertas energías de estancamiento planetario buscan frenar la evolución de la conciencia humana.
No son tácticas nuevas: han sido aplicadas una y otra vez en la historia, y para quienes las imponen los resultados han sido satisfactorios. Todo indica que, lejos de extinguirse, se han perfeccionado con el tiempo.

Los pueblos han sido enfrentados mediante falsos personalismos y patrioterismos huecos, semillas de odio y división que germinaron en guerras y derramamientos de sangre. Bajo esas banderas mancilladas, la palabra paz se ha degradado hasta volverse casi un eco vacío, usada como disfraz por quienes sostienen el engranaje de la violencia.

Se ha tejido un entramado sombrío donde se mezclan intereses políticos, económicos, informativos, psicológicos y hasta espirituales. La manipulación alcanza a la salud, al ambiente, a la cultura y al alimento mismo. Se alienta el consumo de drogas, se generan pandemias —como la reciente del Covid-19— y se corrompen los sistemas que deberían proteger a la humanidad.

La medicina dejó de curar para convertirse en negocio.
La educación, en lugar de liberar, moldea autómatas obedientes: memorizar sustituye a pensar, y la chispa más sagrada de la mente humana —la de indagar, discernir y crear un juicio propio— es sofocada por un sistema que impone verdades prefabricadas.

Los organismos financieros internacionales, entrelazados como engranajes de un mismo mecanismo, persiguen una sola meta: la dominación económica, que pronto deviene en dominación política.

En paralelo, proliferan religiones y sectas que, lejos de iluminar, siembran desconcierto en corazones sedientos de trascendencia. La buena voluntad se dispersa en un laberinto de dogmas que alejan al buscador de lo esencial.

La última gran estafa ha sido descubrir que los gigantes farmacéuticos, dueños también de las principales productoras de alimentos, manipulan los cultivos y los convierten en sustancias ultra procesadas. Alimentos que no alimentan, sino que enferman y generan adicciones. Y cuando la enfermedad llega, el mismo sistema ofrece remedios fabricados por las mismas manos que sembraron el mal.

Si alzamos la mirada al cielo, advertimos fenómenos climáticos desconocidos en tiempos pasados. Con proyectos como HAARP, este poder oculto dispone de armas capaces de alterar el clima, provocar sequías, inundaciones, terremotos y hasta tsunamis a voluntad.
A ello se suman los vuelos anónimos que fumigan campos enteros, envenenando silenciosamente la tierra y la vida.

El cinismo en el manejo de la información no se queda atrás. Programas de entretenimiento banal, como los del estilo Gran Hermano, convierten la atención humana en un mercado de ilusiones vacías: multitudes se apegan emocionalmente a rostros desconocidos que nada aportan a su crecimiento interior. No es crítica ligera, sino un retrato objetivo de la decadencia cultural en curso.

Y lo más revelador: las dos guerras mundiales fueron financiadas por los mismos banqueros. Detrás de ejércitos y banderas, un único poder movía los hilos del destino humano.

Todo esto nos conduce a una certeza: el mundo que nos presentan como real es apenas una fachada, un escenario donde los valores han sido invertidos y la mentira se disfraza de verdad. La complicidad, muchas veces inconsciente, se sostiene en la ingenuidad y la credulidad de los pueblos.

Pero hay un resquicio luminoso: el poder oculto, con todas sus armas, se vuelve impotente frente al ser humano que despierta.
Cuando el hombre o la mujer recuerdan quiénes son en esencia, se vuelven indestructibles. Nada ni nadie puede intimidar o doblegar a quien vive en la certeza de su propia conciencia.

Un abrazo fraternal a cada lector.

C.R.